A favor de los valientes. Ventura Pons Sala

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Ignasi M., es la película veinticinco de mi carrera, y mi tercer documental. Es un género que, como narradores, muchos directores de ficción utilizamos cuando nos quedamos fascinados por la observación de la realidad cotidiana que, aunque sea un tópico, siempre es más fuerte, más potente, que la ficción. Éste es el caso de mi propuesta actual. A nadie que conozca mínimamente la historia del cine se le escapará este hecho, el acercamiento al documentalismo que, grandes, grandes cineastas, han practicado. Se llamen Welles, Malle, Scorsese, Anderson o Panahi, por poner unos mínimos ejemplos.

En el verano de 1977 rodé Ocaña, retrat intermitent. Tuvimos la suerte que se abolió la censura a finales de ese año y la pudimos legalizar en 1978. De ello hace 36 años y todavía la están exhibiendo continuamente festivales y muestras internacionales en todos los continentes y es objeto de estudios académicos en numerosas universidades, principalmente del mundo anglosajón, pero también del europeo. Un testimonio, un retrato, que por su sinceridad y frescura ha quedado - ¡quien lo  iba a predecir, sinceramente! - como el referente de una época, la de los primeros años de la democracia, cuando salíamos de los largos años de la dictadura y la gente estaba pidiendo libertad ocupando las calles.

Cuando me propuse Ocaña, retrat intermitent, llevaba diez años trabajando como director de teatro. El teatro me había ido proporcionando una riquísima experiencia. Por una parte me había aproximado a todo tipo de textos, desde los grandes autores clásicos hasta rabiosos contemporáneos. Por otra, y muy especialmente, me había servido para conocer el complejo mundo de los actores; esos seres frágiles, pero maravillosos, con los que construyes personajes a través de los que te expresas, te comunicas y te relacionas con el público. Sin embargo andaba yo preocupado con la sensación de que quizás me estaba apalancando demasiado en un oficio fascinante, el de levantar textos teatrales, en el que me desenvolvía con satisfacción, pero que estaba postergando dedicarme a lo que toda mi vida había tenido ganas de hacer. El cine, desde pequeño, siempre había sido mi ilusión, mi meca.

Originalmente Ocaña, retrat intermitent era un ejercicio para ver qué me pasaba con una cámara. Era consciente que toda historia, sea de ficción o documental, debe tener mucho poder, mucha fuerza y que lo único que en la cinematografía europea podemos ofrecer es nuestra verdad, nuestra diferencia, que es lo que nos hace distintos. No quiero extenderme demasiado sobre este inesperado, lo digo muy sinceramente, cuento de hadas que ha significado este documental. Lo explico con gran satisfacción y con toda la humildad que debemos tener, pero con el convencimiento de que la verdad, por pequeña que parezca, viaja muy bien.

En 2002 celebré mis bodas de plata con el cine. Y tenía ganas de hacerlo con un nuevo documental. Quería volver a los orígenes regalándome esa posibilidad. Y me vino a la cabeza la figura del Gato Pérez. El Gran Gato. Primero porque es un personaje que admiraba, y segundo porque había tenido una buena relación con él, cuando compuso la música de La rubia del bar que rodé en 1986.

En ambos casos se trata de la vida del artista que llega de fuera, y que te ayuda a comprenderte a ti mismo. Son personas que se convierten en cronistas interiores pero con una mirada externa de tu realidad. Los dos eran creadores que lucharon a contracorriente por defender la verdad de su obra. Ocaña venía de Andalucía, y el Gato, de la desarrollada y culta Argentina de los años sesenta. Desembarcó en mi ciudad y señaló con el dedo: estos gitanos que tenéis aquí en el barrio de Gracia haciendo rumba catalana y a los que nadie les hace caso... esto puede ser la música de Barcelona. Cogió esa música, la dignificó, incorporando unas letras de gran categoría. Más de veinte años después de su muerte, sus canciones, son textos absolutamente emocionantes que te hablan de la ciudad y de nuestras vidas.

El Gato era un artista comprometido que luchó como un jabato. Y esa manera de enfrentarse a la vida siempre me ha fascinado, porque pienso que en esta vida vale la pena luchar por lo que uno cree. No nos podemos conformar, porque si no los individuos y las sociedades no avanzan. El Gran Gato me sirvió para hablar de la diversidad a través de la música y de la multiculturalidad, que es una característica del mundo moderno que los catalanes conocemos muy bien.
Salvador Espriu ya decía que los catalanes hemos sido un país de mestizaje desde la prehistoria. Es evidente que, como en toda Europa, vamos a una velocidad de vértigo hacia una sociedad mucho más diversa. Y valía la pena hablar de todas las ventajas que para nosotros supone la diversidad y la integración, porque, cuando funciona de verdad, es un viaje de ida y vuelta, como nos proponía Gato Pérez. De todo lo que puede enriquecernos ver la sociedad no con unos ojos cuadrados, sino con unos ojos diversos. Ésa es la aportación de Gato y también la de Ocaña.

Me apetecía mostrar cómo las personas y las cosas se van integrando y cómo se va construyendo una sociedad diferente. Y me apetecía enseñarlo sin que se notara mi presencia, como si no hubiera cámara, à la Rohmer, películas que están muy preparadas, pero que a la vez parecen muy libres. En el fondo el tema que iba a exponer era el mismo que había tratado veinticinco años atrás, en Ocaña. Pero ahí, en la historia de Gato el concepto era absolutamente diferente. Cuando la rodé, ya había fallecido, y su retrato lo establecí mezclando legado y memoria, el Ocaña era una presencia viviente que todavía perdura.

Los directores de cine somos como ladrones que escudriñan la realidad y la transforman en películas. Primero me atrajo la figura de Ocaña y luego la de Gato. En el fondo, ambas figuras son una excusa para hablar de nosotros mismos. De ambos me gusta su ejemplo, su lucha, en la que modestamente me reconozco, porque también es la mía. Nunca nos hemos de quedar con lo inmediato en la vida. Hay que ser corredor de fondo y no parar nunca. Es mi sentido de la vida.

Siento que este nuevo documento tiene una línea de continuidad con mis otros dos precedentes, retratar a personajes que me fascinan, que me enamoran por su actitud. Con Ignasi M. vuelvo por la misma senda. Mi protagonista, un reputado y creativo museólogo, gay y seropositivo, atrapado por eso que llamamos la crisis, defendiendo su opción por la paternidad sin renunciar a su homosexualidad, tiene la capacidad de convertir su dramatismo cotidiano, sin tapujos, sin miedo y con gran sinceridad, en un hecho delirantemente divertido. Esta particularidad suya es lo que le convierte en singularmente atractivo y único. Toda la desdramatización de las muchas desgracias con las que tiene que luchar – un cúmulo de adversidades de un hombre contemporáneo – están vistas desde este prisma. Es una película de gente valiente, tanto él, como todos los que le acompañan, donde nadie tiene miedo a contar su verdad. La tremenda situación de la sociedad de la segunda década del siglo XXI, inmersa en una crisis profunda cuyo fondo terrible nos conmueve y aterroriza a la vez.

Con humor, y repito con mucha valentía y sinceridad, Ignasi M. se enfrenta a su atroz problemática, con su humor descubrimos la capacidad de un ser humano para sobreponerse de las adversidades por muy crueles que se presenten. Es un mensaje positivo, de esperanza, para, cara a cara, hacer frente a los muchos infortunios y desgracias que está viviendo nuestra sociedad. Un nuevo ejercicio, como fueron mis documentales precedentes, un nuevo retrato que he realizado notarizando estos tiempos extraños y hostiles, que espero nos sirva a todos para reflexionar del mundo en que vivimos.


Ventura Pons Sala
(Barcelona, 1945). Director, guionista y productor de cine, y director de teatro. Rodó su primera película en 1977, Ocaña, retrat intermitent (Ocaña, retrato intermitente), por la que fue seleccionado oficialmente por el Festival de Cannes de 1978. Tras veinticinco largometrajes, veintitrés de ellos producidos con su compañía Els Films de la Rambla, S.A. fundada en 1985, se ha convertido en uno de los directores más conocidos de Catalunya. Su obra se programa continuamente en los mejores Festivales Internacionales, destacando la Berlinale, donde ha conseguido su presencia consecutiva durante cinco años, y a la vez ha sido estrenada en numerosos países. Ha sido Vicepresidente de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España y ha recibido, entre otros, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, la Creu de Sant Jordi del Gobierno catalán, el Premio Nacional de Cine de la Generalitat de Catalunya, un Premio Ondas, el Premio Ciudad de Huesca, el Zinegoak 2005 en Bilbao, el Zlatni Pecât (Sello de Oro) en Belgrado, Serbia, el premio Respeto en Piestany, Eslovaquia, el Gloria Award en Chicago (US), el Premi Sant Jordi de la crítica de Barcelona por su trayectoria así como premios por toda su carrera en los festivales de Lima (Perú), Turín (Italia) y Montpellier (Francia). La universidad de Denver (Colorado, USA) prepara para el próximo octubre un congreso universitario sobre su cine donde participaran especialistas del mundo académico anglosajón.