El tratamiento antirretroviral en la prevención del VIH: Promoviendo los derechos de las personas afectadas. Juanse Hernández

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Sin duda alguna, uno de los descubrimientos científicos más relevantes en los últimos tiempos ha sido la confirmación de que el tratamiento antirretroviral no sólo proporciona enormes beneficios para la salud y calidad de vida de las personas con VIH, sino también tiene un efecto protector sobre la salud de la comunidad. Esto es así porque el control de la carga viral, gracias al uso del tratamiento antirretroviral, reduce de forma espectacular la posibilidad de transmitir el virus a terceras personas.

Más allá de las evidentes implicaciones que esto pueda tener para la salud pública e individual, la ecuación ‘carga viral indetectable’ igual a ‘no transmisible’ constituye un paso fundamental hacía el restablecimiento de la autoestima y la identidad deteriorada de muchas personas con VIH.

El estigma asociado al VIH ha estado presente desde los orígenes de la epidemia y ha repercutido también en el modo en que muchas personas afectadas se perciben a sí mismas. Las creencias y los estereotipos negativos interiorizados se traducen en sentimientos de culpa, baja autoestima, depresión, aislamiento y ocultación.

Estos mismos sentimientos son los que llevan a muchas personas con VIH, tras conocer su diagnóstico, a evitar la posibilidad de establecer relaciones afectivas y sexuales por el miedo a transmitir el virus a sus parejas y/o tener que revelar el estado serológico. Dejar de considerarse a uno/a mismo/a como un ‘foco de infección’ tiene un efecto positivo sobre la autoestima y, en definitiva, sobre el bienestar y calidad de vida de las personas con VIH.

Pero, todavía hay más: el tratamiento antirretroviral puede suponer una salvaguarda legal para todas aquellas personas con VIH que se enfrenten a responsabilidades penales por la posibilidad de haber transmitido el virus a terceras personas. Tal es así que el término habitualmente utilizado de ‘sexo sin protección’, en este nuevo paradigma del tratamiento antirretroviral como prevención, ha quedado relegado a ‘sexo sin preservativos’ como consecuencia de los beneficios protectores que proporciona también la terapia antirretroviral.

El caudal de evidencia científica que se ha generado sobre las propiedades preventivas de la medicación antirretroviral ha propiciado también un cambio sustancial en las directrices oficiales de tratamiento de la infección por VIH. Las recomendaciones han adelantado ya el inicio del tratamiento no sólo por los beneficios clínicos evidentes para la salud del/la paciente, sino también con el objetivo de frenar la cadena de transmisión del VIH.

No obstante, este nuevo paradigma del tratamiento de la infección por VIH –terapéutico y preventivo– plantea también varios retos importantes a tener en cuenta.

En primer lugar, proporcionar el tratamiento del VIH a todas las personas que deseen iniciarlo por motivos preventivos –aunque no cumplan todavía los criterios clínicos– podría suponer un incremento del gasto en medicación antirretroviral. En este contexto, resulta fundamental que las autoridades sanitarias acuerden con la industria farmacéutica una bajada de los precios de los tratamientos que permita aumentar el número de personas que podrían beneficiarse del tratamiento no sólo por fines terapéuticos sino también preventivos.

En segundo lugar, a pesar de los beneficios del tratamiento antirretroviral para la salud comunitaria, esto no debería traducirse en medidas de salud pública coercitivas, es decir, que obliguen a las personas a realizarse la prueba del VIH o a tomar el tratamiento antirretroviral si no lo desean o no se sienten preparadas para hacerlo. Desde un enfoque basado en los derechos humanos y la autonomía personal, cada individuo debería tomar las decisiones que considere más beneficiosas para su salud y bienestar y los de sus parejas.

En tercer lugar, la terapia antirretroviral no puede convertirse en la única estrategia de los programas de prevención del VIH. La medicación antirretroviral no puede, a diferencia de otros métodos como el preservativo, prevenir la mayor parte de infecciones de transmisión sexual. Sin embargo, la incorporación del tratamiento antirretroviral al abanico de enfoques preventivos amplia las opciones que tienen las personas con y sin VIH para protegerse a sí mismas y a sus parejas sexuales. El uso de preservativos y lubricantes, los programas de promoción de la salud sexual y reducción del riesgo, el counselling, la circuncisión masculina voluntaria y ahora el tratamiento antirretroviral son todos ellos métodos de eficacia probada en la prevención del VIH. Tener la posibilidad de combinar varias estrategias preventivas permite adaptar la prevención a las propias necesidades de cada persona. Esto resulta especialmente relevante e indispensable cuando el uso de una sola estrategia de prevención –como el preservativo– no siempre es una alternativa realista o deseable para algunas personas.

En definitiva, el uso de la terapia antirretroviral en la prevención de la transmisión del VIH ofrece una oportunidad para restablecer la autoestima de muchos pacientes; mejorar su calidad de vida y bienestar; reducir las nuevas infecciones; y promover una salud sexual adaptada a las necesidades y expectativas de cada persona. Todo esto debería hacerse siempre sin conculcar los derechos individuales a la salud, la autonomía o la confidencialidad de aquellas personas que no desean o aún no se sienten preparadas para tomar la medicación antirretroviral.

Todavía queda camino por recorrer para que muchas personas con VIH en general y especialmente la sociedad en su conjunto tomen conciencia del mensaje de que la capacidad de transmisión del VIH en una persona con carga viral indetectable es prácticamente nula. En buena medida, todo dependerá de los esfuerzos que hagamos los profesionales sanitarios, las autoridades competentes, los medios de comunicación y la sociedad civil organizada. Solo así podremos revertir los estereotipos y creencias negativas que todavía en la actualidad son el origen de la discriminación de muchas personas con VIH en diferentes ámbitos (denegación de servicios y violación de derechos laborales, sanitarios, sociales, etc.).

De la misma manera, será preciso tener cuidado con los mensajes que se transmitan, para evitar justamente el efecto contrario, es decir la criminalización de todas aquellas personas que, por diferentes razones, no consigan reducir su carga viral hasta niveles indetectables o que aún no se sienten preparadas para tomar la medicación antirretroviral.

No podemos finalizar sin, como mínimo, señalar la existencia de otros novedosos enfoques preventivos del VIH basados en los fármacos antirretrovirales, más allá del ya expuesto. Así, estaría la profilaxis preexposición (PrEP), basada en el uso de medicamentos antirretrovirales para evitar que las personas sin VIH puedan infectarse, que en algunos países ya se ha incluido en el abanico de estrategias de la prevención. Su potencial uso, aceptabilidad entre las y los potenciales usuarios, incorporación al sistema nacional del salud y financiación pública en España requiere de un debate entre todos los agentes implicados en la respuesta frente al VIH que no podemos retrasar por más tiempo.


Juanse Hernández
Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH (gTt)