KIROLAK - DEPORTES. Deportistas sobre el tejado de zinc caliente. Fernando Garín

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Todavía recuerdo la primera vez que vi La Gata sobre el Tejado de Zinc. Tenía trece, quizás catorce años. Vacaciones en un pueblo de Teruel, noche de agosto, quietud, silencio, el tiempo se detenía en aquellos veranos. Televisión Española programaba un ciclo dedicado a estrellas consagradas del olimpo hollywoodiense. Ese mes, Paul Newman. Y aquella semana se emitió La Gata sobre el Tejado de Zinc, un drama sureño de 1958 dirigido por Richard Brooks y adaptación de la obra teatral (Cat on a Hot Tin Roof) del inigualable Tenesse Williams, que este año cumple el 60º aniversario de su primera representación teatral.

La historia es aparentemente sencilla: un matrimonio (Brick y Maggie) atraviesa dificultades. Él se ha entregado al alcohol y la desesperanza, mientras ella sufre intentando desesperadamente atraer su atención, tener hijos juntos, devolverlo a la vida. Ellos y el resto de los personajes interactúan en una gran mansión de Mississippi, que los reúne a todos con motivo del cumpleaños del patriarca familiar (Big Daddy), que se halla gravemente enfermo y próximo a la muerte. Esta circunstancia desata movimientos familiares en los que cada personaje se posiciona ante la nueva realidad que se avecina (la esposa deberá asumir su próximo papel como viuda, los hijos devendrán herederos y las cuñadas pugnan por reafirmar la posición legítima de sus esposos). Una tensión creciente hace que todos los personajes se acaben enfrentando a sus propias realidades en un ambiente donde reina la mendacidad, la farsa de la vida. Hasta aquí, otro drama norteamericano bien dirigido, adaptado con eficacia, y genialmente interpretado. Pero, en la historia de esta maravillosa película subyace una trama que, por parcialmente omitida e intencionadamente ambigua, siempre me ha fascinado: la historia de Skipper.

Skipper y Brick (Paul Newman) eran amigos y compañeros en un equipo profesional de rugby. Esta amistad, que venía desde la infancia, desembocó en que Skipper comenzara a sentir algo más que amistad por Brick. Pasados los años, Brick se casa con Maggie (Elisabeth Taylor), pero ésta pronto empieza a percibir que los sentimientos de Skipper hacia su esposo trascienden de la mera amistad. Esta situación la hace sentirse celosa y comienza a sospechar que entre Brick y Skipper puede existir una relación excesivamente afectiva. Siente que es la pieza excluida del triángulo sentimental que mantienen. Arrastrada por el deseo de recuperar a su marido para sí, traza un plan: una noche, se queda a solas con Skipper y, tras varias copas, acaba acostándose con él. Puede que lo hiciera con el propósito de descartar la homosexualidad de Skipper, o para intentar disolver el vínculo que le unía a su marido, o para mostrarle a Brick que su amigo podía traicionarle. Justo después de lo ocurrido, Skipper entra en crisis por lo que acaba de hacer. Quizás se siente culpable por la deslealtad hacia su amigo o por tener que enfrentarse a su propia orientación sexual. Se encuentra en estado de ansiedad y nerviosismo y llama por teléfono a Brick en mitad de la noche. Brick le cuelga el teléfono sin darle tiempo a explicarse y, esa misma noche, Skipper se suicida arrojándose por una ventana. La triste desaparición de Skipper es un peso insoportable en la conciencia de Brick, que entra en una espiral de autodestrucción en la que su único anhelo es mantenerse en un estado continuado de anestesia gracias al alcohol.  Todo este relato sucede con anterioridad al inicio de la película. Se trata de una madeja que va deshaciéndose a medida que la narración avanza para ayudarnos a entender el desprecio y la indiferencia de Brick hacia Maggie.

Skipper no es ni tan siquiera un personaje secundario. No tiene presencia real en la película ni en la obra teatral, pero se le cita continuamente y es la piedra angular que explica el pasado y presente del protagonista. Son muchas las insinuaciones en la obra, las fundadas sospechas (que probablemente confunda con mis más íntimos deseos) de que Brick y Skipper habían llevado esa relación más allá de la amistad; incluso más allá del sexo. Estaríamos hablando de una relación afectiva homosexual. El propio Brick da la siguiente explicación a su padre: “Skiper fue la única persona en quien pude creer sinceramente y tú tratas de menospreciarlo. (…) Podía confiar en él (…) En cualquier lugar, en cualquier momento”. En cierta escena del film, se explica cómo Maggie empezaba a sentirse apartada por Skipper: “La sola idea del rugby me molestaba…” Excluida por el rugby, por eso sentía odio contra el rugby y Skipper. Pero la obra teatral llevaba esta misma parte del texto mucho más allá. En su lugar, el personaje de Maggie decía: “Yo no quería a Skiper. No me gustaba. Desde el primer momento se opuso a nuestro matrimonio… Luego intentó separarte de mí por todos los medios”. Una última e interesante confrontación de textos es la explicación de Brick del contenido de la última llamada de Skipper. En la película dice: “Me dijo que él y Maggie habían estado juntos. Estaba muy asustado, temía que le reprochara lo ocurrido aquella tarde en el partido. Empezó a gritar te necesito y balbuceaba sálvame”. Pero el texto teatral dice: “Se encontraba completamente borracho y trató, con palabras incoherentes y frases entrecortadas, de revelarme algo… Que siempre había sentido por mí…”

Esta divergencia entre la obra de teatro de Williams (1955) y el guión cinematográfico (1958) es constante en todas las partes del texto que arrojan dudas sobre la relación íntima entre Brick y Skipper. Se limaron ciertos pasajes de la obra original considerados demasiado explícitos, debido fundamentalmente a dos circunstancias: la presión de la Legión Católica de la Decencia (en Estados Unidos había por aquel entonces 20 millones de católicos), y los últimos coletazos del código Hays (creado por la asociación de productores cinematográficos de Estados Unidos, MPAA) y que describía lo que era considerado moralmente aceptable.

No se trata de reafirmar el carácter homosexual de la historia. En mi opinión, considerando el texto original, existe un personaje homosexual que desarrolla sentimientos hacia otro hombre. Que este sentimiento fuera o no correspondido poco importa. Lo relevante es el sufrimiento que conlleva a Skipper su condición. En la obra teatral, Maggie grita lo ocurrido la última noche de Skipper: “Me odió siempre, a pesar de sus amables sonrisas. Entonces fue cuando le dije: “Skipper, si sientes algo inconfesable por mi marido será mejor para los tres que no vuelvas a verle más”. Me miró horrorizado y salió corriendo hacia el hotel. Yo le seguí, llamé a su habitación y dentro... me besó; intentó demostrarme que me amaba, ¡pero fracasó! Fue una tentativa lamentable. Entonces descubrí la clase de amistad que sentía por Brick. ¡Todo era una gran mentira!”. Desafortunadamente, este texto no sobrevivió a la adaptación del guión para el cine.

Calificar esos sentimientos o catalogarlos es harto complicado. Lo obvio es que todos los personajes entendían que la relación entre Brick y Skipper excedía de “lo normal”. Pero, en mi opinión, visto desde la actualidad, lo absolutamente sorprendente es que a mediados de los años 50 pudiera abordarse un tema que todavía crepita en la hoguera de la vergüenza: la presión latente en el mundo del deporte profesional en forma de homofobia. La historia del malogrado Skipper es la historia de muchos deportistas homosexuales que han vivido ocultos debido a su carrera deportiva y otros condicionantes sociales. Es imposible no realizar un paralelismo con la experiencia vital de Justin Fashanu, futbolista inglés en la Premier de los 80 que, por su calidad, logró convertirse en el primer jugador negro en valer más de un millón de libras. Aunque él sí hizo pública su homosexualidad, tampoco pudo soportar la presión y terminó ahorcándose en un garage público londinense el 4 de mayo de 1998.

Es tremendamente difícil abstraerse de la idea colectiva que se tiene del fútbol y el deportista en general como símbolos de virilidad y rudeza. En la mente colectiva de la mayoría de la afición y medios de comunicación esta idea tan bien instalada es incompatible con cualquier orientación diferente de la heterosexualidad. Nuestros futbolistas son héroes nacionales, publicitan ropa interior y perfumes masculinos, exhiben en prensa a sus bellísimas mujeres y sus lujosos automóviles y son referente y modelo para infancia, juventud y personas adultas. En definitiva, un puñado de etiquetas: machote, mujeriego, fuerte, duro, masculino… Calificativos reduccionistas y empobrecedores que no deberían ser el principal modelo de referencia en una sociedad que pretende ser democrática, plural y que respeta la diversidad. Afortunadamente, algo está cambiando recientemente. Algunas de esas etiquetas se están eliminando. Deportistas como Robbie Rogers, futbolista estadounidense que hizo pública su homosexualidad en 2013, han exhibido con valentía su experiencia como jugadores de primer nivel y diferente orientación sexual. Personas como Robbie hacen que las etiquetas se disuelvan como un azucarillo en el café. Internacional con su selección y titular en Los Angeles Galaxy, ha demostrado algo que algunas personas aún dudan: que la orientación sexual de un deportista no condiciona su rendimiento ni sus capacidades. Por suerte, Robbie no ha sido Skipper ni Justin. Probablemente ha vivido en otro momento, ha tenido otro entorno social o más fuerza interior. Pero todo esto no resta ni un ápice de valor a su proceder. Los ejemplos positivos, de hecho, son más inspiradores para la gente, por cuanto tienen de historias felices a emular. Robbie, Justin… Muchas y muchos deportistas, con finales tristes o felices, han tenido que enfrentar un camino lleno de dificultades, intentando mantener el equilibrio y la estabilidad emocional. Durante décadas, han resistido como una gata sobre un tejado de zinc caliente, al rojo vivo.

Lo absolutamente sorprendente es que a mediados de los años cincuenta pudiera abordarse un tema que todavía crepita en la hoguera de la vergüenza: la presión latente en el mundo del deporte profesional en forma de homofobia.



Es fundamental exhibir estos ejemplos y promover más finales felices. Reaccionar antes de tener que arrepentirnos. De no ser así, seguiremos siendo ese Brick, el que soporta sobre sus hombros el peso de la conciencia de todas las vidas malogradas por el rechazo, la incomprensión o el miedo. Y sabemos sin duda que la vida de Brick iba directa a la autodestrucción, víctima de no poder sobrellevar su sentimiento de culpa y responsabilidad. Estamos a tiempo de escribir un guión honesto y sincero, sin censuras.

Esa noche de verano de hace más de 20 años, Brick entró en mi vida, como un soplo de brisa entra por la ventana, acariciando la cortina y el vello del cuerpo expuesto a la canícula nocturna. Era demasiado joven entonces para capturar por completo la esencia del personaje de Brick. Revisito La Gata sobre el Tejado de Zinc siempre que tengo la oportunidad, y mi mirada es muy diferente. Nuestras experiencias modifican nuestra percepción de la realidad y eso nos ayuda a entenderla. Y entenderla, a cambiarla. Sin embargo, por más veces que vuelvo a La Gata, nunca he dejado de estremecerme ante el azul de los ojos de Newman, tan cristalinos, sinceros, tristes y vulnerables, que cualquiera podría verse en su interior.

Fernando Garín
Agrupación Deportiva Ibérica (ADI)
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