MI COCKRING NO ME DEJA PENSAR. Quién detiene palomos al vuelo

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“Sueño con una nueva Jamaica, venid a ejecutar a todos los gays”. Esto escupía sobre el escenario un tal Beenie Man, cantante jamaicano que ganó nada menos que un Grammy en 2000. Otro de sus temas animaba a “ahorcar a las lesbianas con una cuerda larga”. La inspiración parece encontrarla en la estricta interpretación que en su país, Jamaica, se hace de la Biblia. Que ya podía haberle inspirado algo tipo “gloria, gloria aleluya” y dejarnos en cristiana paz. Pero no. Durante un tiempo Jamaica estuvo en el foco mediático por la impunidad con la que alumbraba canciones violentas, homófobas y sexistas; despropósito que dio origen a la campaña Stop Murder Music que, impulsada por el colectivo británico Outrage!, Hizo claudicar a algunos de los cantantes jamaicanos que ponían música al odio para hacer bailar a melómanos tipo Putin o Mugabe.

El mismo año que Beenie Man ganó su Grammy animando a matar homosexuales, Eminem publicó The Marshall Matters, que vendió 22 millones de discos en todo el mundo con alegres letras en las que ladraba cosas como “ Me pusieron aquí para meter miedo a los maricones (…) y llamarles payasos por las pintas que llevan (…) Os daré de hostias putos maricas (…) no necesito ayuda para dar una paliza a dos mujercitas maquilladas que tratan de arañarme”. Eminem se esforzó por encontrarle rimas a todas y cada una de las palabras que en inglés se usan para pretender ofendernos, lo que también le dio un Grammy.

En todos los géneros musicales estereotipados como machirulos, hay ejemplos de letras ofensivas y violentas contra gais y mujeres, y el rock no podía ser una excepción. Money for Nothing de Dire Straits o One in a Million de Guns N’ Roses son 2 ejemplos. “Inmigrantes y maricones. No tienen sentido para mí. Vienen a nuestro país. Y se piensan que pueden hacer lo que les venga en gana como iniciar un mini Irán. O esparcir cualquier jodida enfermedad”. Con esta letra Axl Rose esparcía, una vez más, la jodida enfermedad de la homofobia por el mundo.

Pero la homofobia en la música trasciende las letras de tipos como Eminem, que presumía en sus conciertos de ano estrecho (para ancha ya tenía su boca). La homofobia más extendida es la que nos niega lo que somos, la que esconde la verdadera identidad afectivo-sexual de los cantantes (algo que comparten con actores y actrices) con el argumento de que verían sus carreras truncadas. Sucede desde que la industria mide cada decisión en términos de marketing y millonarios beneficios. La misma industria que lanzó al estrellato a Katy Perry a través de una supuesta aventura lésbica en I kissed a girl o dio el pelotazo haciéndonos creer que las Tatu se amaban tras una verja, nos ha invisibilizado cuando lo que vendía discos era que las chicas de medio mundo suspirasen por Ricky Martin o George Michael. Con orgullosas excepciones, tener una carrera alumbrada por el fenómeno fan, pasaba por troquelar un personaje que hiciera que los conciertos los llenasen adolescentes que creyeran que el cantante con el que forraban sus carpetas era la encarnación pop de su príncipe azul

Yo nunca necesité que Whitney le cantase I will always love you a una tal María del Carmen, en vez de a Kevin Costner, para enamorarme con su voz. Como nunca necesité que Bono cantase With or without you a un chulo con bigote o Aerosmith el I don’t want to miss a thing a un señor de Murcia, para que me pusieran los pezones como escarpias. Your song me emocionó en la voz de Elton John como lo hizo cuando se la escuché a Ellie Goulding. Quizás por eso nunca entendí que, para triunfar, un cantante tuviera que pretender que sus canciones de amor iban dirigidas a quienes nunca podían haber amado.

Años hemos pasado años hablando sobre la sexualidad de Alejandro Sanz a pesar de lo ambiguo del título de su primer disco, Los chulos son para cuidarlos (modo irónico off). Y aunque, francamente, me importa un bledo si Sanz cuida chulos o princesas; lo que sí me preocupa es que cale en la gente la idea de que si fuera homosexual y hubiese salido del armario, nunca hubiera tenido el éxito que ha cosechado. Yo creo que en su discográfica no hubieran tenido de qué preocuparse, porque todas las personas que se han emocionado cantando Corazón partío, dudo que hubieran dejado de hacerlo de saber que Sanz es gay. Por la sencilla razón de que para emocionarse, uno tiene que tener corazón. Lo prueban los millones de personas que llenaron estadios para escuchar los himnos de Queen sin importarles saber que la reina de Inglaterra no era Isabel, sino Freddy. Probablemente porque cuando alguien canta con un sentimiento que es honesto, el corazón no entiende de prejuicios. Por eso hemos coreado Mujer contra mujer personas de toda condición, como si fuéramos cualquiera de las dos mujeres que, en la canción, se dan la mano... bajo el mantel.


Jose Estévez Garcia
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