Bisexualidad y migraciones. Jair Eduardo Restrepo Pineda

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Los procesos migratorios de las personas con diversas orientaciones sexuales o identidades de género se han denominado de distintas formas, tales como «migración sexual» y «exilio sexual». Este último concepto ha sido utilizado para aquellos «hombres y mujeres homosexuales que ante la imposibilidad de vivir abiertamente en su país y su entorno de origen, encuentran en las sociedades más tolerantes y plurales de los países industrializados el contexto ideal para desarrollar su identidad y hacer su vida de acuerdo con su preferencia sexual»

Se puede decir que la migración sexual surge como resultado de ciertos controles sociales, entendidos estos como los mecanismos que desarrolla la sociedad a través de diferentes agentes y mecanismos que garantizan la aceptación por parte de sus miembros, de sus normas, valores, intereses y pautas de conducta de manera voluntaria o forzada. Cuando estas pautas son impuestas y van en contra de la identidad propia de las personas, limitan su crecimiento personal.

Sin embargo, «el control social dependerá del grado en el que el individuo asuma las actitudes de aquellos que están implicados con él en sus actividades sociales» (Mead, 1991:184) en los ámbitos de la familia, la religión y el círculo social más próximo, quienes definen cómo y de qué manera se debe desarrollar la vida de un hombre o una mujer en un contexto de heteronormatividad. Además, confluyen aspectos sociales, culturales y económicos que en definitiva darán origen a un proceso migratorio en el que el factor decisivo es la identidad sexual.

Por lo tanto, las libertades y la protección de los derechos que les pueden ofrecer a la población LGBTI algunos países, como el Estado español se convertirían en motivación suficiente para emprender el proceso migratorio. Sin embargo, el tema de la migración sexual ha sido poco estudiado y se ha limitado básicamente a estudios sanitarios en los cuales se vincula la orientación sexual y la migración con la incidencia del VIH/SIDA, continuando con un proceso de estigmatización de este colectivo. Esta situación ha conllevado a que «dentro de los estudios sobre migraciones, la sexualidad ha quedado relegada cuando no ha sido directamente ignorada, manifestándose un sesgo heterosexista en un abordaje de la cuestión exclusivamente desde la familia heterosexual y, menos frecuentemente, desde la incorporación de la perspectiva de género al estudio de las migraciones» (Martín et al., 2007:19).

Sin embargo, el proceso migratorio es complejo e incluye diversos componentes, de tal manera que las motivaciones vinculadas con la orientación sexual y la identidad de género se complementan con las motivaciones económicas y sociales que dan origen a diversas trayectorias migratorias. Por lo tanto, determinar las razones por las que se migra y en qué condiciones se hace debe partir de un análisis profundo de las realidades sociales y personales de cada uno de los implicados.

Aunque existen diversos estudios sobre la migración de homosexuales no sucede lo mismo con la identidad bisexual, ya que esta se torna en una situación compleja, pues se encuentra enfrentada con las que hasta el momento se han considerado las identidades sexuales legítimas y reconocidas, es decir, la heterosexualidad y la homosexualidad (esta última, construida cultural y socialmente como el opuesto a la primera, y formando dos extremos de un continuo en el que se desconoce la existencia de identidades intermedias).

La identidad bisexual entonces ha quedado atrapada entre estos dos polos, que generan una fuerte presión desde ambos extremos. En algunos discursos de homosexuales y heterosexuales se pone en cuestión la legitimidad de la identidad bisexual, catalogándola como un proceso transitorio hacia la homosexualidad o la heterosexualidad, sin reconocerla como una identidad sexual. Situación que se da fundamentalmente entre los varones homosexuales migrantes, los cuales construyen dicha percepción con base en los procesos que debieron pasar en su país de origen para asumir su propia identidad y en el que no existía espacio para la ambigüedad; por esta razón, una conceptualización sobre una identidad sexual inclusiva resulta complicada en relación con los conceptos culturales y sociales que se manejan frente a la homosexualidad y la heterosexualidad, ambos excluyentes entre sí.
Por tanto, las personas bisexuales se enfrentan a una serie de problemas relacionados con el proceso para asumir su propia identidad en sus países de origen, pues las categorías culturales no se aplican ni satisfacen sus necesidades identitarias; además, los contextos sociales no asimilan esta identidad propiciando su invisibilidad. Este tipo de connotaciones sociales ha generado una estigmatización sobre la bisexualidad, basada en estereotipos tales como la promiscuidad, la confusión o la perversión, señalamientos a los que deben enfrentarse en sus países de origen.

Para los varones latinoamericanos existe una fuerte presión desde la masculinidad hegemónica en sus países como elemento esencial para definir una identidad sexual, donde los hombres son presionados para demostrar y reafirmar su hombría. Es así como el contexto determina la forma en la que conciben su sexualidad y, en consecuencia, tanto la imagen propia como la imagen que deben asumir frente a los demás, tratando en todo caso de cumplir las exigencias heteronormativas que rigen las relaciones sociales, lo que propicia el desconocimiento de la bisexualidad como identidad sexual.

Por otra parte, los bisexuales se enfrentan no solo a las presiones ejercidas por los heterosexuales, sino que además se deben enfrentar a aquellas que propician los homosexuales, las cuales, en algunos casos, suelen ser más despectivas y discriminatorias que las ejercidas por los primeros. Para algunos homosexuales, el bisexual se halla mimetizado al asumir buena parte de los roles genéricos exigidos culturalmente, como el hecho de contar con una pareja del sexo opuesto, por lo menos en algunos periodos de su vida. Esto los pone en una situación de marginación con respecto a las orientaciones homosexual y heterosexual.

Todos estos factores propician que las personas bisexuales busquen una salida a dicho escenario a través de la migración internacional a espacios sociales más incluyentes y respetuosos por la diversidad. Esto permite que al llegar a un nuevo contexto social y sexual sea posible que dicha identidad cambie, se reconstruya y responda a factores personales de tipo afectivo y sexual, desligados de controles sociales informales propios del país de origen.

La migración sexual busca romper los controles sociales que se ejercen en el país de origen, aquellos que tienen que ver con los medios informales, es decir, las normas morales, las costumbres, las reglas de trato social y la moda, entre otros. Todos ellos tienen una base común: la heteronormatividad, gracias a la cual son reproducidos y transmitidos en forma de hábitos, normas y valores determinados. Es así como la familia, la iglesia y el círculo social próximo (el barrio y los amigos) constituyen instrumentos de los que se vale la sociedad y la clase dominante para ejercer e imponer sobre el resto normas de conducta, valores morales y éticos y su ideología, de acuerdo a las funciones que realicen cada uno de ellos.

Finalmente, se debe mencionar que la migración no necesariamente es la solución para las situaciones de discriminación que viven los bisexuales en su país de origen, ya que estas personas en el país de destino no están libres de tales situaciones, y se enfrentan a una doble discriminación: por una parte, la que surge de la homofobia, y por otra, la que genera su condición como inmigrantes.

Jair Eduardo Restrepo Pineda
Doctor en análisis y evaluación de procesos políticos y sociales por la Universidad Carlos III de Madrid. Docente e investigador del programa de Trabajo Social de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Corporación Universitaria Minuto de Dios UNIMINUTO, Sede Bello.
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