El mito de la salud perfecta o la enfermedad de lo saludable para todos

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Lierni Irizar Lazpiur (Bergara, 1965) es Trabajadora social, DEA en Ciencia y Humanismo, doctorada en filosofía con la tesis doctoral titulada “La cuestión de la subjetividad y la enfermedad. Un ejemplo: el VIH/sida”, y máster en Salud Mental. Es psicoanalista miembro de la Escuela Lacaniana de psicoanálisis y de la Asociación Mundial de psicoanálisis. Ha trabajado en diversos proyectos en el campo social, educativo y clínico y ha publicado dos libros, ambos en Ediciones Beta III Milenio (Bilbao), titulados La pérdida del humano (2014), y El cuerpo, extraño. Dos formas de entender el cuerpo: medicina y psicoanálisis (2016), en los cuales realiza una reflexión sobre el ser humano en la actualidad

Nuestra época, obsesionada por la salud, produce en los sujetos efectos muy poco saludables ya que perseguir una salud total, perfecta, es luchar por un imposible. Y sin embargo, su función de ideal contemporáneo, queda claramente reflejada en la definición que en 1946 proclamó la Organización Mundial de la Salud: la salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social y no sólo la ausencia de enfermedad y minusvalía.
¿Qué encontramos en esta definición? Podemos afirmar que equipara la salud a la felicidad entendida como un completo bienestar a todos los niveles de la vida. Pero, ¿es lo mismo salud que bienestar? Considero que no podemos equiparar tan fácilmente la salud, el bienestar y la felicidad. Si la OMS pudo establecer esta definición es porque nuestra vida ha sido colonizada por el discurso médico. Esto tiene consecuencias fundamentales en el modo en que comprendemos y aceptamos el sufrimiento humano.

De hecho, asistimos cada vez más, a una concepción biologicista de lo humano que trata de explicar la enorme variabilidad de las biografías personales recurriendo a parámetros meramente biológicos como genes o neuronas. Una visión reduccionista que deja de lado todos los factores singulares, subjetivos, biográficos y sociales, fundamentales en la constitución de nuestra vida. Todos los desarrollos tecnocientíficos actuales se encaminan a la equiparación del humano al animal
o a la máquina y siguiendo ese modelo, tratan de explicar cualquier acontecimiento humano según criterios biológico-mecánicos. Hasta el siglo XX, la ciencia nunca se propuso estudiar procesos subjetivos íntimos. Hoy, sin embargo, la tecnociencia pretende no solo conocer el funcionamiento biológico de los organismos sino también saber qué es el amor, la atracción sexual o la felicidad. Además, más allá de ese saber, pretende, a través de intervenciones biológicas, producir modificaciones en las conductas y en las supuestas patologías amorosas, sexuales o vitales.

En este contexto, la biomedicina, inmersa en este discurso tecnocientífico, forma parte de una orientación que, bajo su apariencia de neutralidad, se rige por el paradigma de lo normal y lo patológico, con todo lo que éste conlleva.
El discurso tecnocientífico-médico sostiene lacreencia de que todo es posible, que lo que hoy no se puede conseguir, mañana se podrá. Si todo es posible, también lo es la salud total. La enfermedad ya no forma parte de la vida sino que es planteada como un error a erradicar. Si la enfermedad es un error, es además imputable a alguien y ese alguien es el enfermo que no vive de forma adecuada, que no se cuida lo suficiente, que se excede en sus pasiones, que no se esfuerza para vivir según las normas que el propio discurso médico impone.

Y sin embargo, la enfermedad ha sido una compañera inseparable de la humanidad y lo seguirá siendo siempre. La historia nos enseña que aunque los avances médicos sean espectaculares, aparecerán nuevas enfermedades y se reproducirán otras. De este modo, considero mucho más acertada la definición de la salud que nos regala la sabiduría de Laín Entralgo (1): “La salud, un estado transitorio que no conduce a nada bueno.” Las definiciones clásicas de salud se han referido mayoritariamente hacia el estado vital en el que el cuerpo no habla: “la salud es la vida en el silencio de los órganos” (Leriche), “la salud es el estado en el cual las funciones necesarias se realizan insensiblemente o con placer” (Leriche), “en el estado de salud no se sienten los movimientos de la vida, todas las funciones se realizan en silencio” (C. Daremberg) (2).Tomemos la definición que tomemos, resultará incompleta si no tenemos en cuenta la vivencia de los sujetos, sus dichos y sus demandas. Es decir, el criterio médico objetivo es insuficiente para discernir lo saludable.

Desde mi visión actual como psicoanalista, pero con la experiencia de muchos años de trabajo en el ámbito del VIH desde la sociedad civil, puedo constatar que un problema biológico es compatible con un estado de bienestar importante o al contrario, un estado biológico impecable es compatible con una vida de sufrimiento y horror. Es por tanto imposible pensar la salud sin tener en cuenta lo que los sujetos dicen de su vida, el modo en que se las arreglan o no para hacer que su vida tenga valor.
Por eso, considero necesario pensar la salud más allá del paradigma de lo normal y lo patológico. El discurso médico actual no escucha ni responde a la demanda de quienes sufren o temen, sino que se impone al individuo como autoridad. Como afirmó Foucault: “la medicina está dotada de un poder autoritario con funciones normalizadoras que van más allá de la existencia de las enfermedades y de la demanda del enfermo.” (3)

La presión de la norma y el control produce lo que he llamado la enfermedad de lo saludable porque empuja a los sujetos a ideales que en ocasiones son imposibles de cumplir.  Además, si la enfermedad y el sufrimiento son un error, hay que corregirlos. Y si aplicado el remedio que el profesional prescribe no se produce mejoría, se responsabiliza al sujeto por no esforzarse lo suficiente, no ser cumplidor o disciplinado, no tener voluntad. Su culpabilización y rechazo está así asegurada. Por tanto, ateniéndonos a lo afirmado previamente, asistimos a un doble culpabilización de quien padece: primero, por enfermar y en segundo lugar, por no recuperar la salud.


Por otro lado, la norma propicia la ilusión de la existencia de un modo de vida adecuado, correcto, que lleva a la felicidad. Esta es la gran falacia de la normalidad. No hay un bien a alcanzar igual para todos, no hay una salud igual para todos. Es necesario permitir que cada sujeto encuentre el modo de hacer de su vida algo vivible. La normalidad es una ficción, no existe, nadie es normal. Es una mera estadística convertida en ideal. Si como algunos afirman, lo revolucionario hoy es luchar por mantener aquello que un día surgió y merece, por su valor, ser conservado, considero necesario defender la pervivencia de los pocos espacios de escucha que aún nos quedan. Espacios que respetan la singularidad y en los que se pueda obtener otra cosa diferente que la mortificación que produce el imperativo de la salud. Porque como decía Anatole Broyard cuando enfermó: “todas las curas son en gran medida “curas por medio de la palabra” según la expresión de Freud. Todos los pacientes necesitan que los resuciten por medio del boca a boca, pues la conversación es el beso de la vida.” (4) Defendamos entonces que el boca a boca no quede silenciado

 

1 Laín Entralgo, P. (1984) Antropología médica para clínicos. Barcelona: Salvat.
2 En mi libro (Irizar, L. (2014) La pérdida del humano. Bilbao: Beta ) analizo diferentes perspectivas en torno a la salud y la enfermedad.
3 Foucault, M. (1996) La vida de los hombres infames. Buenos Aires: Acme.
4 Broyard, A. (2013) Ebrio de enfermedad. Segovia: la uÑa Rota.