Reflexiones para un cuerpo sano disidente. Las representaciones sociales de la imagen corporal en el colectivo LGTBI.

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Reflexiones para un cuerpo sano disidente. Las representaciones sociales de la imagen corporal en el colectivo LGTBI.

Manuel Leonardo Ibarra Espinosa. Dr. en C. en Salud Colectiva, Profesor-Investigador de tiempo completo de la Lic. en Educación para la Salud y de la Maestría en Sociología de la Salud, Unidad Académica Profesional Nezahualcóyotl, Universidad Autónoma del Estado de México. Las líneas de investigación en las que se desempaña son: “Representaciones sociales del Proceso Salud-Enfermedad-Atención-Cuidado”; “Representaciones sociales de la imagen corporal” y “Respuesta social en salud.” Profesor visitante en el grupo de investigación: “Cultura, cognición y emoción” del Departamento de Psicología Social y Metodología de las Ciencias del Comportamiento, UPV/EHU.

La cultura de la delgadez tiene por finalidad responsabilizar a los ciudadanos ante su cuerpo, hacer de éste un dominio susceptible de controlarse, vigilarse, entretenerse continuamente; un cuerpo que aparezca como una obra, como una victoria personal alcanzada gracias a un trabajo permanente de uno mismo sobre uno mismo. Gilles Lipovetsky. “De la ligereza”

El cuerpo humano, imagen, permanencia, trascendencia, transformación y representación; las cualidades que como sujetos sociales aprehendemos de los acontecimientos de nuestro cuerpo en la vida diaria, las relaciones con el medio ambiente, las informaciones que en él circulan, a los “otros” cuerpos de nuestro entorno próximo o lejano. En síntesis, el conocimiento “espontáneo”, ingenuo, que habitualmente se denomina conocimiento corporal de sentido común, o bien, pensamiento natural, por oposición al pensamiento científico.

Al hablar de las representaciones sociales en el colectivo LGTBI podemos establecer un significado que a todas luces resulta elocuente: la disidencia. Ser disidente en una sociedad tan intolerante e ignorante de lo diverso, de lo relativo, de lo que busca fugarse de lo establecido como norma cultu-corporal resulta una odisea, casi un sin sentido.

No obstante, las luchas por defender las diversas posturas éticas y estéticas en torno a la imagen corporal del colectivo LGTBI son también parte de un proceso histórico social muy complejo y que, por falta de líneas, no podremos abordar, pero si aproximarnos a su conocimiento. Las construcciones sociales sobre las identidades corporales solían estar sujetadas a modelos configurados por el género (femenino/masculino), pero en los últimos tiempos se ha vivido un fenómeno que dota a lo corporal de un sinfín de escenarios performativos(1), no sólo en lo concerniente a las formas lingüísticas y discursivas de su realidad, sino también las que construyen su materialidad, a partir de sus rituales, performance y diversos artefactos que otorgan al cuerpo toda una serie de propiedades objetivas, subjetivas e intersubjetivas.

Lo anterior, nos conduce a entender una premisa fundamental: la indeterminación de las formas corporales y en específico de la imagen corporal, ya que el cuerpo es un elemento de frontera, un espacio entre el discurso que lo nombra y las prácticas materiales que lo ritualizan. En la particularidad de la realidad iberoamericana, la imagen corporal de los colectivos LGTBI observada de manera rigurosa, dicho de forma afable, por la población heterosexual es una representación muchas veces estigmatizada y radical; los cuerpos y las vestimentas llamativas, multicromáticas, hiperfeminizadas o hipermasculinizadas, en donde la discreción no tiene cabida. Sin duda, son miradas ridículas y en extremo limitadas.

Sin embargo, independientemente de las convenciones estéticas con las que decidimos (o no) vestir o desvestir nuestro cuerpo, se presentan procesos más significativos y determinantes que signan el devenir corporal en salud de nuestro acontecer como individuos vinculados a una colectividad, cada vez más sujeta a los mandatos que la era hiperconsumista nos dicta y que en muchas de las ocasiones, no somos capaces de ni siquiera percatarnos.

Me refiero a un problema estructural de la hipermodernidad: el culto a la delgadez y que autores como Gilles Lipovetsky y Georges Vigarello han investigado con amplitud. No es un problema menor, los datos son elocuentes al afirmar que los trastornos vinculados a la imagen corporal, en especial la dismorfia corporal, asociados a trastornos de la alimentación como son la anorexia y la bulimia, han incrementado su incidencia en la población mundial, especialmente en niños y jóvenes de todas las condiciones sociales, culturales y de género.

En relación con lo anterior, no existen datos diferenciados que vislumbren el problema en los colectivos LGTBI, pero lo que sí resulta relevante acotar es que es un problema en constante incremento y que resulta emergente desarrollar políticas públicas y estrategias preventivas para afrontar, lo que ya se considera  como un grave problema de salud colectiva.

Para establecer los vasos comunicantes entre los aspectos más específicos de las representaciones sociales de la imagen corporal de los colectivos LGTBI y el concerniente al Proceso Salud-Enfermedad-Atención-Cuidado (PSEAC), quiero hacer referencia al planteamiento inicial que pone el acento discursivo en la disidencia y que en algunas situaciones, puede considerarse como prácticas corporales susceptibles de riesgo. Insisto, no se trata de prototipizar a un grupo o colectivo, sino de generar un acto reflexivo para construir procesos individuales y colectivos que conduzcan al uso del cuerpo y de sus representaciones a prácticas y saberes generadores de salud.

Es en la época hipermoderna donde se consagran los esfuerzos descomunales de la industria del hedonismo consumista para instituir cuerpos obsesionados por la delgadez, por la imagen normalizada del cuerpo liviano, delgado, tenue. En la particularidad del colectivo LGTBI, siempre ha existido una preocupación por la imagen del cuerpo, por su exposición corporal como acto de reivindicación pero también por su construcción y sentido sociocultural divergente.

Desde luego, al igual que el resto de los colectivos que constituyen la diversidad social, han sido víctimas de las presiones supeditadas a la búsqueda del placer, el bienestar, la cadad de vida y la preservación de la salud, lo que se equipara a resplandecer seductores, estéticamente sanos y obsesionados con cuerpos atractivos, medicalizados, intervenidos, transformados, corregidos hasta llevarlo al límite del sufrimiento. En palabras concisas, el alcanzar el inconmensurable privilegio de ser-tener un cuerpo-imagen-sano, se paga con la multiplicación de los niveles de ansiedad, insatisfacción y la progresiva patologización de nuestras condiciones de vida.

La paradoja implícita en el hedonismo consumista repercute en los valores humanos más profundos. El cuerpo humano, su imagen y representación, en lo más genérico de su plenitud, de su dignidad, de su póyesis y praxis, tendría que construirse alrededor de su presencia efímera, mortal y finita…el cuidado y la salud de nuestro cuerpo deberá permanecer fuera de todo dictado que implique su mercantilización. La armonía de nuestras vidas, en una danza inquebrantable de cuerpos singulares en colectividad, tendrá que ser el flujo que nos lleve a buen puerto, a la valoración integral del arte de vivir sin ilusiones metafísicas.


 

1 Para ampliar la mirada del lector sobre el concepto de performatividad, se sugiere la lectura de algunos autores de gran importancia para su amplia comprensión: Austin, J. L., (1998) Cómo hacer cosas con palabras: palabras y acciones Barcelona, Paidós; Butler, J. (1997) Lenguaje, poder e identidad Madrid, Síntesis. Butler, J. (2002) Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, Barcelona, Paidós. Derrida, J. (1989) “Firma, acontecimiento, contexto”, en J. Derrida, Márgenes de la filosofía, Madrid, Cátedra.